Del País Vasco a Cádiz con un niño de 11 años

Seguimos contándoos relatos de otros pekebikers, en este caso en concreto el de Mikel Azkorra, al que conocimos gracias al programa de radio “La Casa de la Palabrade Radio Euskadi y en el que ambos fuimos entrevistados.

La historia de Mikel nos llamó muchísimo la atención, porque veranea en Cádiz todos los años con la familia, y como buen vasco, un día se planteó ¿para que ir en coche si puedo bajar en bicicleta, ayvalaostia? Dicho y hecho, todos los años se planifica y sale 15 días antes hacia Rota. Pero ahí no queda la cosa, lo mejor de todo es que desde los 11 años, su hijo le acompaña en este peregrinaje, diseñando cada vez una nueva ruta que les lleve al sur.

Con este desparpajo nos lo cuenta:

Me llamo Mikel Azkorra Larrondo, vivo en Getxo (Bizkaia) y la bicicleta o correr era mi manera de desplazarme e ir desde la casa de mis padres a la zona de mi pueblo en donde se organizase un buen partido de fútbol.

No sé muy bien cómo surgió mi afición por el cicloturismo, pero sí recuerdo el momento en que se concretó. Iba en coche con un amigo desde León a Barcelona, cuando vimos un peregrino con su bicicleta por una carretera de La Rioja. Al año siguiente nos embarcamos en aquel viaje.

Desde el año 1.993, cuando hice el Camino de Santiago, he intentado disfrutar de viajar pedaleando porque la experiencia fue maravillosa. Al año siguiente estuve por el Loira, en la zona de los Castillos, cerca de Tours, Francia. En 1.999 Burgos-Valencia para seguir la ruta del Cid y en 2.009 me aventuré a conocer el sur de Noruega y el norte de Dinamarca. En 2.010, año de oposiciones, poco tiempo para la intendencia, decidí que para qué tirar de aviones si paso las vacaciones en Cádiz y salí, casi sin preparar nada, desde el portal de casa, rumbo a Rota, en bicicleta. Al año siguiente, estuve en un Congreso en Utebo (Zaragoza) y aproveché la circunstancia para variar la ruta. Aquí conté con el GPS, pero no sabía usarlo, ni programarlo… es decir llevé un peso de más. Cosas de andar deprisa y corriendo y a última hora. Todos estos viajes no tenían las etapas programadas, sino que eran más o menos largas, en función de lo que iba acaeciendo.

Cuando contaba en casa las historietas del viaje y enseñaba fotos, Josu estaba encantado escuchando mis avatares, o al menos eso creo, porque pronto mi hijo me comentó que quería vivir esa experiencia. No tuve que motivarle y tampoco creo sea conveniente, porque a unos viajes así no se puede llevar a nadie arrastras. Así comenzó nuestra aventura compartida que se circunscribe en 4 rutas; en la primera, 2.012, tenía 10 años, y fue junto a un amigo, compañero de escuela y su padre. Hicimos el Canal de Castilla ida y vuelta (Alar del Rey-Valladolid-Alar del Rey), en total 333 kilómetros en 6 días. Fue una manera ideal para iniciar a mi hijo en estas faenas, puesto que el perfil es muy llevadero, no hay peligro de perderse y las temperaturas no suelen ser muy altas en verano, más que nada porque hay zonas en sombra y la cercanía del canal refresca el ambiente.

Ese viaje lo hizo con una bicicleta pequeña, sin amortiguadores, lo que le supuso algunos moretones en sus brazos, debido a las vibraciones, sobre todo en el tramo Osorno-Frómista en el que las piedras predominan y además están fijas en la pista. Cabe comentar que la única dificultad del Canal es elegir, en algún caso, por qué lado de los dos hay que transitar, ya que hay alguna zona que desaparece (cuando el Pisuerga lo cruza en Herrera de Pisuerga o junto a la autovía, llegando a Valladolid, por ejemplo).

La media para cada día eran unos 50 kilómetros y fueron muy llevaderos. Hay que decir que ambos niños físicamente son fuertes, lo que evidentemente nos animó a la travesía.

Tras el éxito de este viaje, mi hijo me dijo que quería sumarse a mi travesía anual hacia el sur. Esto hizo que cambiara mi manera de plantearlo todo (mi mujer fue también bastante persuasiva) y decidí llevar programadas las etapas, con los hospedajes contratados con anterioridad. Incorporar el GPS, fue una decisión previa, decisión provocada por algún susto en lugares recónditos (pero esto es otra historia). Como es obvio, le conseguí una bicicleta más apropiada para este menester.

Por todo ello empecé a diseñar las etapas, y la primera decisión fue comenzar el periplo en el entorno de Vitoria-Gasteiz, evitando la dura ascensión hacia la meseta. Desde ahí, cruzar Castilla y León en dirección a Salamanca, salvo algún repecho importante (la famosa subida de Castrojeriz en el Camino de Santiago), es cómodo. Para ello, tiro de Google Earth para hacer el boceto general, y a partir de ahí, buscar tracks de otros ciclistas que me sirvan y también la web wikiloc, estupendo portal que facilita mucho la labor de investigación. Cuando tengo perfilados los caminos a seguir, suelo consultar a bikers de cada zona, por email o incluso por teléfono, para recabar datos más concretos, porque siempre hay “trampas” indetectables y es conveniente reducir al máximo el margen de disgustos sobre la marcha. También uso el Street View para ver cómo son las pistas en los cruces con carreteras.

Cuando me decido por un track, compruebo el perfil, para evaluar la dificultad a superar y si es alta, trato de buscar una alternativa, que aunque sea algo más larga, haga más regular la marcha. De todas formas, ya el primer año, Josu, que es el nombre de mi hijo, me pegó unos buenos repasos cuando la pista se ponía cuesta arriba. Quizá el hecho de cuidar los perfiles, sea más pensando en mí que en él.

A pesar de todos los preparativos, alguna vez nos hemos encontrado pistas cerradas, discrecional e ilegalmente, como en una ocasión cerca de Mozárbez, con una pared de piedra y alambre de espino, pero el GPS te permite encontrar alternativas con bastante facilidad. Cuando hay algún contratiempo, intento que él no lo capte, para que siga tranquilo y pensando solo en pedalear y ver los paisajes.

No sabría decir qué viaje ha sido el mejor porque en todos ha habido momentos muy buenos y no tan agradables.

Los viajes gordos de Josu han sido:

  • 2.013 Langraiz-Almendralejo más de 890 kilómetros.

El itinerario fue Langraiz-Miranda de Ebro-Briviesca-Burgos-Boadilla del Camino-Palencia-Laguna de Duero-Morales de Toro-El Cubo de la Tierra del Vino-Mozárbez-Valverde de Valdelacasa-Oliva de Plasencia-Cañaveral-Cáceres-Aljucén-Almendralejo.

miliario_salamanca_2013r

monasterio_de_rodilla_burgos_2013r

subida_castrojeriz_2013r

  • 2.014 Langraiz-Cáceres casi 700 kilómetros (tuvo que bajarse de la bici por una reacción alérgica).

El camino fue Langraiz-Miranda de Ebro-Briviesca-Burgos-Boadilla del Camino-Palencia-Laguna de Duero-Cantalapiedra-Mozárbez-Valdelacasa-Oliva de Plasencia-Cañaveral-Cáceres.

pista_en_araba_2014r

puerto_de_bejar_2014r

  • 2.015 Getxo-Lebrija 1.172,3 kilómetros (el fuerte viento de cara nos hizo desistir de realizar los últimos 40 kilómetros).

El recorrido fue Getxo-Lezama-Frías-Sotopalacios-Boadilla del Camino-Sahagún-León-Benavente-Zamora-Torrecilla del Río-El Cabaco-La Pesga-Plasencia-Trujillo-Mérida-Calzadilla de los Barros-Almadén de la Plata-Gines-Lebrija.

con_guia_merida_2015r

meandro_melero_2015r

aguila_culebrera_2015r

Los mejores recuerdos cuando llegamos a Grisaleña (2.012), cuando me humilló en Castrojeriz (2.013), cuando logramos subir el puerto de Béjar por la Ruta de la Plata sin parar (2.014) (cuando lo hice solo en 2.010, no fui capaz), cuando salvamos un águila culebrera llamando y esperando a que viniera el SEPRONA (2.015)

En cuanto a los kilometrajes, los alargo si no hay demasiadas dificultades orográficas y ya el último año, estuvimos rozando los 90 kilómetros al día, que por pistas es mucho.

Por lo que respecta al equipaje, mi bicicleta está equipada con un buen transportín para dos maletas y en ellas entra todo lo necesario para los dos. De todas formas, llevamos muy pocas cosas, evitamos la carga innecesaria. De hecho, este año que mi hijo es adolescente y no ha querido venir, sólo he llevado una maleta.

Lo único que echo de menos de mis rutas cicloturistas sin niño es que, además de no tener horarios fijos diarios, tampoco tenía calendarios fijos y podía alargar los viajes casi cuanto quisiera. De todas formas, soy una persona que normalmente no gasta un minuto en pensar en lo que no hay, en lo que no tengo y me centro en lo que puedo solventar o en disfrutar de lo que me rodea en cada momento. Por tanto, viajar con mi hijo puede tener pegas, pero disfruto de no ir solo, de poder compartir con él esos momentos especiales. Como muestra os contaré que en el Parque Nacional de Monfragüe, la supuesta pista ciclable era una rampa de piedras sueltas en la que casi no se podía ni avanzar andando, lo que nos obligaba a parar cada 50 metros o menos. Estábamos cogiendo aire debajo de un árbol, un poco enfadados por las circunstancias, cuando le comenté a mi hijo que el hecho de tener que parar, nos había permitido tener un punto de vista único del parque, y que quizá nunca más lo podríamos volver a admirar desde ahí. Es más, la inmensa mayoría de las personas jamás podrán estar en ese lugar, así que, podíamos sentirnos unos privilegiados. De los problemas hay que sacar oportunidades.

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