Este post podría empezar y terminar así: una de esas rutas cicloturistas que nunca podrás olvidar. Pero no os vamos a dejar así, no tendría sentido, hemos de poneros los dientes mas largos aún. Disfrutaremos del contraste de una de las zonas más vírgenes y protegidas de Cuba por su biodiversidad, adentrándonos por carreteras y caminos rodeados de frondosa vegetación hacia el Parque Nacional de Humboldt  y  Baracoa, con la zona más  industrial de Cuba, Moa, fea, interesante e imprescindible a partes iguales si quieres conocer la realidad cubana. Nunca olvidaremos esa última parada en ruta tras superar el famoso puerto de la Farola antes de divisar el mar caribe, nuestro nuevo compañero de viaje.

El trayecto de Mayarí hasta Moa lo hacemos en el típico camión del «guajiro«. Esta etapa nos dijeron que no tenía gran cosa y preferimos coger fuerzas para las siguientes que presumíamos espectaculares. En Cuba preguntas y siempre aparece el típico jabao con un camión para meter 9 personas con sus bicis, pan comido. Así pues, metemos todo el aparataje y a la tripulación en uno de esos camiones adaptados para transportar pasajeros y salimos hacia Moa, en poco tiempo y con la sensación de habernos transportado en una coctelera llegamos al hotel de Moa.

Moa es una ciudad industrial. En occidente este sitio sería visitado como un paraje protegido de arqueología industrial, pero en Cuba sigue funcionando; es un viaje en el tiempo hacia los años cincuenta, algo que nos recuerda que las condiciones de vida y trabajo que a veces tanto criticamos son un sueño irrealizable para muchas personas. El hotel Miraflores es toda una experiencia soviética,  una enorme mole de hormigón planeada para alojar a los técnicos locales y extranjeros que venían a trabajar en el complejo industrial. Alguno de nosotros estuvimos  en el 2010 y ocho años después sigue exactamente igual pero más deteriorado, la buena noticia es que el hormigón es casi eterno. 

Al día siguiente desayunamos muy temprano y salimos. Cruzamos la ciudad, nos abastecemos de agua y reparamos alguna pequeña avería, y nos introducimos en un paisaje “Mad Max”. La salida de la ciudad es espectacular, un paisaje de complejos fabriles con altas y humeantes chimeneas, tuberías que corren paralelas a la carretera y tierra cubierta de un color rojizo poco natural. 

Poco a poco nos adentramos en el bosque tropical y dejamos atrás Moa. En una colina paramos y miramos atrás. La sensación es extraña, estar en medio del bosque y  observar las chimeneas humeantes en el horizonte con las primeras luces del día es una sensación algo distópica. A partir de Moa no hay gente, ni coches,  de hecho tampoco carretera, discurrimos por una pista por el bosque, no hace mucho calor, es temprano, pero sabemos que a partir de las 12 el termómetro comienza a subir vertiginosamente, sobre todo si no está nublado.

Por el camino algunos trabajadores en moto nos acompañan y charlan con nosotros. Nos quedamos sin agua, era difícil de encontrar en el camino,  pero nos acoge una familia y nos hidratamos a base de agua de coco lo cual fue todo un descubrimiento para los pekes. 

Con el calor apretando seguimos camino, a base de agua de coco, paraguas cubanos para protegernos del sol y mucho ánimo. Esta etapa es larga y nos pilla el temido medio día.  No encontraréis muchos sitios para ingerir alimento pero alguna cafetería perdida en medio de la nada hay, prestad atención que como os la paséis no hay mucha más opción. De vez en cuando también encontraréis mujeres vendiendo plátanos o dulce de guayaba con ganas de pegar la hebra, y más si te ven llegar en bici tirando de niños 🙂 

Y así como si de un espejismo se tratara llegamos al Parque Nacional Humboldt, que lleva el nombre del famoso geógrafo y explorador, declarado Patrimonio Mundial y donde se halla la selva tropical más grande de Cuba. Hemos llegado al paraíso. La pista va encajada entre unas montañas cubiertas de vegetación a nuestra derecha y una ensenada de aguas transparentes de color turquesa, al fondo unas islas que cierran la bahía y el rompeolas. Los guardias del parque nos dejan entrar gratis y además recargar nuestras baterías en todos los sentidos porque estábamos exhaustos.  Paramos y tenemos todo el mar para nosotros, nos bañamos, buceamos,  saltamos desde un pantalán y disfrutamos de tener esta maravilla. Los niños disfrutan de algo que no es una piscina o una playa atestada de gente,  un paisaje solo soñado o imaginado en algún cuento de piratas, enterito para nosotros. La euforia es indescriptible.. nos sentimos como pioneros en un mundo remoto, la moral en el grupo es altísima, nos vemos capaces de todo. Somos muy afortunados de estar aquí y ahora. 

Cuando el calor cede, sobre las 15.30-16 h., continuamos por la pista y paramos en Playa Maguana; allí un pequeño hotel con una terraza que da al mar nos proporciona un descanso. Nos damos cuenta de que nuestros cálculos de kilometraje siempre se quedan cortos, para esta etapa deberían ser 71 kms  y serán al final 85 kms. Salimos de Playa Maguana, el termómetro marca 32º que junto a la brisa marina hace que ciclar sea un placer, avanzamos charlando, despreocupados de todo, olvidados del mundo, en estos momentos el cicloturismo se convierte en una experiencia vital única.

Llegamos a Baracoa. Nos alojamos en casa de Edda y Alexis, encantadores. Su casa tiene una terraza elevada desde donde se ve el mar y nos llega la brisa nocturna. Cenamos pantagruélicamente; estamos cansados pero recordar la jornada en torno a la comida y unas buenas cervezas nos reafirma en que el día de hoy será unos de los más remarcables del viaje, lo que no sabíamos es que vendrían muchos más como este.

Baracoa bien merece una parada técnica de al menos uno o dos días. Sin una playa maravillosa de arena blanca pero agradable y disfrutona para los niños, es la ciudad mas antigua y aislada de Cuba, y disfruta de un ambiente algo mágico. Merece la pena pasear por sus calles y por el clásico malecón, visitar el castillo de Serobuco con unas vistas increíbles o la casa del Cacao (un lugar precioso por cierto) si es que sois adictos a este pequeño manjar. 

 

Después de pasar el día anterior en Baracoa,  bañándonos, comiendo y moviéndonos en taxis de caballos que les encantan a los niños, nos ponemos en ruta para afrontar uno de los retos ciclistas señalados en rojo de este viaje, el puerto de la Farola. Si llegáis hasta aquí y decís que os dirigís hacia Imías, todo el mundo os dirá que estáis locos y que tenéis que superar La Farola con sus 800 m de desnivel. La Farola es un puerto de montaña que separa las dos costas: la norte de la sur, tiene unos 20 kms de subida hasta el Alto de Cotillas y otros 20 kms de bajada por la otra vertiente. Para el cubano medio que no concibe el cicloturismo, como la mayoría de la humanidad, sólo pensar la posibilidad de hacerlo les perece descabellado. Ahora bien, este puerto es un “highlight” del viaje y os recomendamos intentarlo. Pasito a pasito se consigue, aunque si las fuerzas os flojean siempre habrá un guajiro en Baracoa con un camión, coche, camioneta o similar que os eche una mano en este trance, pero una vez pasado Baracoa os tendréis que enfrentar si o si al puerto porque en la subida no hay ni guajiro, ni coche ni el tato. Es un puerto con rampas duras, algún llano e incluso alguna bajada, pero las sensaciones y los paisajes que os vais a encontrar son espectaculares, y cuando lleguéis al Alto de Cotillas y disfrutéis de unas vistas increíbles vislumbrando al fondo el Mar Caribe, será un recuerdo ciclista único.

Pues bien, estamos ciclando a las 7.30 de la mañana rumbo a La Farola y su cumbre situada a 800 mts. de altitud, el termómetro marca 30º y está nublado, todo perfecto. Tardamos 3h 15´ en llegar a la cima; por el camino el silencio, el bosque y el sonido de tu respiración, la carretera asfaltada y prácticamente sin tráfico, un par de coches en toda la subida. En cada parada miramos la llanura y el mar que dejamos atrás, finalmente en un momento dado se vislumbra el collado con una torre elevada desde donde se puede admirar el paisaje, llegamos escalonados a la cumbre. Cada uno ha marcado su ritmo, pero la cara  de satisfacción se refleja en nuestros rostros perlados de sudor.

En el alto hay un par de cafeterías con los típicos panes con jamón y queso y bebida fresca, descansamos y comentamos la ascensión, definitivamente ha sido dura pero no nos hubiéramos perdonado no haberla acometido.

Salimos y nos esperan 20 kms de bajada trepidante, descendemos eufóricos y vamos parando para hacer fotos y vídeos, al fondo aparece el mar Caribe de un azul brillante, según descendemos a velocidades de vértigo la temperatura sube rápidamente hasta los 42º, pero no importa, la brisa y los ánimos hacen que no sintamos ni calor 🙂 

 La llegada al Caribe es espectacular. Después de una recta la carretera llega directa al mar y gira casi en 90º hacia el oeste; a partir de ahí llevaremos un paisaje semidesértico a nuestra derecha y el mar a nuestra izquierda, nos adentramos en la zona más calurosa de Cuba, lo que es mucho decir. Pero recordamos del anterior viaje una pequeña cafetería al lado de una cala pequeñita, el ronchón «Doña Yoya«. Volamos empujados por el viento de cola que nos ayuda, es el momento de refugiarnos del calor, comemos y nos bañamos, cae alguna siestecilla, volvemos a estar solos y con el mar a nuestra disposición. 

Salimos,  la casa está a dos kilómetros,  los anfitriones son encantadores y hacen todo lo posible porque nos sintamos como en casa, hasta nos dejan su habitación, la hospitalidad cubana sin igual. Una buena ducha, una buena cena y una vuelta por el pueblo nos dejan como nuevos para la próxima jornada.

Y para finalizar aquí en Imias es donde se acuñó uno de nuestros lemas del viaje «Subir lomas, hermana hombres» 

…y nos despedimos con un ejemplo de la creatividad cubana…

Aquí os dejamos el track de Moa a Baracoa, y aquí el de Baracoa a Imias. Y a riesgo de ser pesados, os volvemos a mostrar nuestro video del viaje 

 

Pin It on Pinterest

Share This